Música de ti

un instinto inunda mis latidos
cuando escucho una gota caer,
vacilar entre vacío y eternidad
un sonido interrumpe el inagotable
abarca la sala en la que descanso
una melodía que suena a blues  

¿a dónde vas sinfonía? ¿a mis sueños o junto al mar?
la persigo, cautelosa, por si eligiese escapar
la persigo, me fusiono, musicalidad te recuerda
a ti y tus deliciosos acordes de guitarra vieja
a paradisíacas composiciones de tu ser
a la armonía que transmites al tocar

a esa, tu voz que aporta improvisación
ritmos internos que invitan a despertar
ante el acorde sucio con precisión,
métrica acompasada y cadenciosa,
música tuya, de mis oídos; alternancia,
acompaña, teclado, esta sucesión pausada

sonoridad, transportame en una nota,
no afines, que nos dejas esperando por más,
composición tuya, que hace partituras vibrar,
sensación multicolor que hace tu pieza triunfal
así que gracias, gracias, por esta la música de ti
que eleva almas perdidas de los que vivimos sin fin

Amarat

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Adiós

Crisantemo dorado,
distante,
no volveré a verte florecer
mi bahía no resguardará tu crecer  

Otros serán los visitantes
de tu trascurso
otros serán los lirios
que te rodeen  

Oh crisantemo mío,
no adornas más mis tardes,
te arranco de mi jardín secreto
me revuelco en la tierra ausente 

Podrido,
el campo humeante, vacío,
te digo adiós
con un beso en la frente

Amarat

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General Sherman

A las rodillas del tallo
de un arcaico árbol
he venido a apoyar
las vértebras

un martes
mientras regreso
del mercado  

Reposo mi andar
en sus raíces
mi espíritu se calma
abalanzado por ramas

acariciado por hojas,
se calma como el
llanto de un niño

Su tronco de madera oscura
me columpia revelándome
a fieras pasadas
-distrayéndome-

con frutos redondos,
calma el lamento;
al menos por ahora

Amarat

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Gravedad

Una bocanada del humo
del que exhalo
se revuelca con el viento
en un juego pretencioso
de quién lleva
el poder

mas, el humo del que exhalo
se rinde de antemano
extinguiéndose al roce de la brisa

hay cosas que no perduran
emergen brevemente
se van como si nada
y si no las miras
fijamente
el lapso de su estancia 

Las perderás
una y mil veces
(más)

Amarat

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Advertencia

Los caballos vuelan,
dan brincos al correr
elevan sus cuatro patas,
flotando en la atmósfera

los caballos nadan,
se sumergen en ríos
y cruzan el Pacífico
con la cabeza en alto

los caballos escalan,
osados atraviesan riscos,
montes andinos que
trepan a gusto

puedes ser espectador,
con suerte, compañero,
pero evita ser dueño,
que los caballos sueñan

Amarat

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Nacimiento

del caos nací
la noche de
un miércoles
con las estrellas
instalándose

en mi vida

entre la alegría
de mi madre
y el – ¡por fin! –
del doctor

salí a este mundo
sin mucho dolor

a mí,
me parieron

con amor,
sin control
como quizá
a otros, no

sin embargo,
descuida que

lo que viene
en un futuro,
sólo depende
de tu acción.

Amarat

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Hincapié 

Despacio, despacito 
casi, casi, imperceptible 
Se apropian de tu entidad, 
cual juguete en un estante, 
planean, deciden, 
escogen por ti  

¿Cómo será tu existir?
¿Qué atajos has de seguir?
¿Por qué dejarlos?  
Y contentarlos, si al menos,  
la existencia imposible
 les puedes hacer

Amarat

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Autoengaño

Mi cerebro está inventando historias,
a ver si en una de estas te tengo,
mi cerebro está mintiendo 
diciéndome que tú me quieres,
cuando, en realidad, 
no lo sabe  

mi cerebro me dice que 
cuando me ves, me amas 
             pero  
¿realmente me ves? 
o exclusivamente distingues la prisa,
o exclusivamente distingues la ansiedad 

¿ves debajo de lo que muestro? 
de mis reacciones 
O de mis gestos,
de mis dudas y demás 
me ves como yo me veo 
¿O, acaso el tuyo te engaña a su vez?

Amarat

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UN PAR DE OJOS TRISTES

los ojos tristes de un animal
que transita las calles de Lima 
buscan en mis ojos, con miedo,
la bondad de la humanidad 
de la que ha oído hablar

pero mis pasos aprisa 
siguen de largo en la vía 
y mi aura de problemas 
se retuerce con apatía 
volteo, ha caído la mirada

ha perdido la esperanza
entre la multitud que la apaga
mi rutina no me permite retornar
me subo al bus y lo veo retirarse
cansado, soy una más que se aleja

me sumerjo en pensamientos
mas, mi inconsciente lo evoca
se cuela en mis memorias
sus huesos desahuciados
por el hambre corrosiva

este planeta no da abrigo
ni a bestias ni a humanos
y como él, mil otras caras
de animales, que no son sino,
el rostro de nuestra indiferencia

Amarat

 

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4 poemas de Artwood

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LOS POETAS RESISTEN

Los poetas resisten.
Es difícil librarse de ellos,
aunque Dios sabe que se ha intentado.
Nos los encontramos en el camino
en actitud mendicante, con sus platos,
una costumbre ancestral.
No tienen nada,
excepto moscas secas y céntimos falsos.
Nos miran como pasmados.
¿Están muertos o qué?
Sin embargo, tienen esa mirada irritante
de los que saben más que nosotros.

¿Saben más de qué?
¿Qué es lo que alegan saber?
Escupidlo, les silbamos.
¡Decidlo claro de una vez!
Si buscas una respuesta sencilla,
entonces fingen estar locos,
o borrachos, o pobres.
Se pudieron esos disfraces
hace algún tiempo,
esos jerséis negros, esos andrajos;
ahora pueden quitárselos
Y tienen problemas con sus dientes.
Ésa es una de sus cargas.
Les vendría bien ir al dentista.

También tienen problemas con sus alas.
No se muestran dispuestos a colaborar
con nuestro departamento de vuelos.
Ya no planean, no resplandecen,
no bromean.
¿Para qué demonios les pagamos?
(Imagina que les pagamos.)
No pueden despegar
con sus plumas enlodadas.
Si vuelan, es hacia abajo,
hacia la húmeda tierra gris.

Idos, les decimos,
y llevaos vuestra aburrida tristeza.
No os queremos aquí.
Se os ha olvidado cómo decirnos
lo sublimes que somos.
Que el amor es la respuesta,
siempre nos gustó ese verso.
Se os ha olvidado cómo hacernos la pelota.
Ya no sois sabios.
Habéis perdido vuestro esplendor.

Pero los poetas resisten.
No se puede decir que no son tenaces.
No saben cantar, no saben volar.
Sólo saltan y croan
y se golpean contra el aire
como si estuvieran en jaulas,
y cuentan el viejo chiste.
Cuando les preguntan, responden
que dicen lo que deben.
¡Jopé, qué pretenciosos son!

Sin embargo, saben algo.
Hay algo que sí que saben.
Algo que están susurrando.
No alcanzamos a oírlo.
¿Será sobre el sexo?
¿O sobre el polvo?
¿O sobre nuestro miedo?

MARGARET ATWOOD (De “La puerta”, 2007)
(Traducción de María Pilar Somacarreras Íñigo)

 

LECTURA DE POEMAS

Al mirar al poeta -al poeta famoso-
que revuelve sus entrañas, prepara
su cúmulo de pensamientos destructivos
y deseos vergonzantes,
sus odios rancios, sus tenues pero agudas ambiciones,
no sabes si ser sarcástico o agradecido,
al ver que él se confiesa por nosotros.

Desafienate, lleva un jersey suave,
no negro, sino amarillo pálido
como un sorbete de crema, el color
que compras a tus hijos cuando no quieres parecer sexista,
y su rostro de frente inquieta
flota sobre el oscuro fondo del escenario,
sus rasgos poco definidos
como el sol a través de la neblina;

y comprendes cómo era esta cara, una vez,
cuando era un muchachito ansioso
de puntillas y en equilibrio, que se miraba al espejo
y se preguntaba, ¿Por qué no puedo ser bueno?
y luego, ¿Son éstos mis verdaderos padres?
Y después, ¿Por qué el amor hace tanto daño?
Y más tarde, ¿Quién causa las guerras?

Quieres cogerlo en brazos
y contarle un montón de mentiras.
La gente normal no pregunta estas cosas,
podrías decir. En su lugar, vamos a fornicar.
Sabes bien que mujeres más estúpidas que tú
lo han propuesto como remedio para todos los males
de la mente y el alma. Tú juraste no caer nunca en ello,
así que haces una excepción con él.

Pero él sólo respondería,
Te he hablado de mis costras y de mis compulsiones,
mis repugnantes tormentos, mi falta de dignidad…
sólo te ensuciaría.
¿Por qué molestarte?

Y tú contestarías:
Nadie te obligó a hacer esto,
a tontear con las sílabas y el dolor,
a rodar desnudo por los cardos
y sacar tu lengua en las espinas.
Podrías haber sido albañil.
Podrías haber sido dentista.
Estar cubierto de una costra dura. Ser impasible.

Pero es inútil. Muchos albañiles
se han volado los sesos con pistolas,
de pura desesperación. En los dentistas, el porcentaje es más alto.
Quizá sea en lugar de, el escribir poesía.
Quizá esa sarta de palabras,
que ahora sale de él cual vena despellejada,
es lo que lo mantiene atado
a unos metros cuadrados de esta tierra.

Así que sigues mirando, mientras se desolla a sí mismo
en un éxtasis de auto-reproche,
ahora ya está en ropa interior,
lleva una saya de crin y unas cadenas
-fíjate bien: éstas son metáforas-
y comprendes que, al fin y al cabo,
tiene una destreza inconsciente, como hacer collares de cuentas
o destripar una caballa.
Existen técnicas o trucos para ello.

Pero en el momento en que te sientes engañado,
su voz se interrumpe de forma abrupta. Asiente levemente
y sonríe, hace una pausa;
y tú sientes el aliento que respiras
como un puño de aire que te golpea,
y te unes al aplauso.

MARGARET ATWOOD (De “La puerta”, 2007)
(Traducción de María Pilar Somacarreras Íñigo)

 

UNA MUJER POBRE APRENDE A ESCRIBIR

Está en cuclillas, los pies desnudos,
abiertos, sin
gracia; la falda metida alrededor de los tobillos.

Tiene la cara marchita y agrietada.
Parece vieja,
más vieja que nadie.

Probablemente tiene treinta años.
Sus manos, también arrugadas y agrietadas,
garabatean con torpeza. Su pelo está escondido.

Escribe con un palo, laboriosamente,
en la tierra húmeda y gris,
mientras frunce, con ansiedad, el ceño.

Escribe letras grandes, anchas.
Ahí está, terminada,
su primera palabra hasta ahora.

Nunca pensó que podría hacerlo,
ella, no.
Eso era para otros.

Mira hacia arriba, sonríe
como disculpándose,
pero no lo hace; esta vez, no; ahora sí lo hizo bien.

¿Qué está escrito en el barro?
Su nombre. No podemos leerlo.
Pero lo podemos adivinar. Mira su cara:

¿Es una Flor gozosa? ¿Radiante? ¿Sol reflejado en el Agua?

MARGARET ATWOOD (De “La puerta”, 2007)
(Traducción de María Pilar Somacarreras Íñigo)

HAS OÍDO AL HOMBRE QUE AMAS

Has oído al hombre al que amas
hablando consigo mismo en el cuarto de al lado.
No sabía que le escuchabas.
Pegaste el oído al muro
pero no conseguías captar las palabras,
sólo una especie de ruido sordo.
¿Estaba enfadado? ¿Estaba maldiciendo?
¿O era una especie de comentario
como una larga y críptica nota al pie en una página de versos?
O buscaba algo que había extraviado,
como las llaves del coche?
Entonces, de repente, se puso a cantar.
Te asustaste
porque era algo nuevo,
pero no abriste la puerta, no entraste,
y siguió cantando con su voz grave, desafinada,
densa y dura como el brezo.
La canción no era para ti, no te mencionaba.
Tenía otra fuente de contento,
nada que ver contigo en absoluto,
era un hombre desconocido, que canta en su cuarto, solo.
¿Por qué te sentiste tan dolida, y tan curiosa,
y al mismo tiempo tan feliz,
y también tan libre?

MARGARET ATWOOD (De “La puerta”, 2007)
(Traducción de María Pilar Somacarreras Íñigo)

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